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miércoles, 25 de abril de 2012

481 - Dossier: Estado de sitio del cuerpo y el alma

Dejar de leer y escribir


Estado de sitio del cuerpo y el alma*
(*) Título y subtítulos son versos que pertenecen a las canciones “Espíritu de esta selva” y “La bolsa”, del grupo Bersuit Vergarabat.

(...) Alguna vez creíamos que los jóvenes tenían toda la vida por delante y, con el paso de la historia, debimos acostumbrarnos a que en realidad... tenían toda la muerte por delante.
Obligados a confrontar con la banalidad de un destino previsto hace décadas y forzados a estudiar las tablas de multiplicar de la estupidez del actual orden vivencial, nos quedan pocas alternativas de resistencia (...)

Mientras todos los reptiles estaban preocupados por el asadito*
Como suele recordar Beatriz Sarlo, “ser argentino era leer y escribir, tener empleo y ciudadanía política”. Así de simple, así de malgastado.

Los padres y los hijos podríamos volver la vista atrás y escudriñar la opacidad de las últimas décadas para descubrir en qué encrucijada del camino tomamos la senda perdida. Y se nos fue cayendo a la banquina el honor de la política transformadora, la dignidad del trabajo bien hecho, la pasión por la escritura germinal, y el corte de manga a la muerte que la lectura nos regalaba cada noche.
No hay que hacerse ahora el desconcertado. Los jóvenes tenazmente fueron carne de cañón. Aquí y en cualquier lugar del mundo. Y desde siempre algunos despabilados se dieron cuenta de que para sobrevivir había que empuñar las armas. Como aquí y en cualquier otra parte del mundo.
Y el libro fue el primer pertrecho elegido, después las mechas y las botellas con nafta.

Eran jóvenes los que a fines de los “60” descubrieron que una buena novela, una obra de teatro o un poema podían aventar el miedo a la muerte. Y comenzaron a grabar sobre los bancos de los colegios secundarios versos que luego se transformaron en canciones inolvidables. Y devoraron las ocurrencias de Mafalda escritas dentro de los globitos de las tiras y los poemas de Benedetti, los cuentos de Cortázar, las novelas de García Márquez y las historietas del Tony, y D´artagnan y después la Crisis.

Al hábito de leer de los jóvenes argentinos supieron ejercer como herramienta revolucionaria, desde los tiempos de la reforma universitaria hasta las luchas estudiantiles “setentistas”(por la década de los ‘70) se lo embistió por los dos flancos. Clausuraron el futuro regreso de chicos y chicas que a los quince años hubieran leído Kafka, Marechal o Guevara. Se promovió el diseño amoral de los mensajes sobre su contenido axiológico.

La globalización actúa, desde hace ya bastante tiempo, de la siguiente forma: te muestra bastante ( no todo), te calienta y te deja con las ganas.

En el fondo y en el inicio es una cuestión de deseo insatisfecho, diría nuestro amigo psicoanalista que, como ahora no consigue trabajo, “labura” de “quinielero”, y nos aconseja los números de la suerte y las excusas amatorias para no ser un frustrado “seco”(sin plata) entre los amigos.

Si seguimos con esta alegría nos vamo´ a volver locos*.
Argentina llegó a tener el índice de lectores de diarios más grande de Iberoamérica ( lo que quiere decir con España incluida, país creador de nuestra lengua) y la mayor feria del libro de habla castellana (la cual llegó a competir con las ferias alemanas, inventores de la imprenta, mucho antes que todos).

Pero en el mismo país hoy los términos del concepto “cultura de la lectura” sólo conservan la rima. La juventud puede ser tomada en cuenta como un agrupamiento social, una simbolización cultural o una clasificación administrativa. Pero más allá de las convenciones señaléticas de la realidad, la juventud da miedo. Quienes pertenecen aún a las clases pudientes tienen a todos con los pelos de punta, su destino de esperanza ilimitado se disuelve en el fracaso escolar y la impotencia laboral. Los de las clases empobrecidas, ya sean crónicas o recién llegadas, despiertan profundos temores.

A los jóvenes de la primera categoría “les pasan las cosas malas”. A ellos les deforman sus endebles estructuras psicofísicas con todos los vicios de la sociedad de consumo. Los de abajo, el segundo grupo mencionado, son “los que hacen las cosas malas” por conseguir esos mismos vicios de la sociedad de consumo. A los primeros “debemos protegerlos” y a los otros “mantenerlos alejados”. Pero en ambos casos son una amenaza para conciencias y bienes.

(...) Los adolescentes de hoy, y más precisamente los que habitan en provincias periféricas, son rehenes. Viven confinados en espacios bien delimitados y aislados entre sí: en la chacra paupérrima, el barrio ghetto o el centro anodino. Pero, al igual que un “tabicado”, no poseen palabras para explicarse a sí mismos por qué están donde están. La dimensión simbólica, el horizonte cultural, donde se mueven es muy mezquina y por lo tanto el lenguaje correspondiente cada vez más ausente.

Michéle Petit, antropóloga francesa que desarrolló investigaciones relacionadas con la lectura y los jóvenes, visitó la Argentina en el 2000 y dialogó con la prensa, planteando algunas ideas interesantes: “lo que determina la vida de los humanos en gran medida, es el peso de las palabras o el peso de su ausencia. Cuanto más capaz se es de nombrar cualquier cosa, más apto se es para vivirla y para cambiarla”. Los jóvenes argentinos de hoy se manejan con un vocabulario tan precario como la espacialidad donde deben construir sus biografías, y usan tan pocas ideas porque tienen poca vida. 

Según Fernando Savater, la única obligación que tenemos en esta vida es no ser imbéciles. Aunque suene fuerte, esta palabra viene del latín “baculus” que significa “bastón”, entonces el imbécil es el que necesita bastón para caminar, con el lógico pedido de disculpas a los ciegos, enfermos y ancianos. Volviendo a Beatriz Sarlo, si no se aprenden las “destrezas necesarias” en un tiempo preciso que transcurre entre la infancia y la juventud, toda la vida necesitaremos el bastón de Savater. Y ese "baculus podrá ser moldeado con drogas, genitalidades, alcoholismo, revólveres, sectas, bestialidades o coimas en el Senado".
Disparen las letras
Las sociedades antes se percibían como un montón de gente estructurada en un espacio y compensada neumáticamente: estaban los que ocupaban la parte de arriba y los que se quedaban abajo. Hoy ya no hay referencia espacial ni tensión compensadora: todos corren a tientas y a locas y los débiles caen para no volver a levantarse.

Cada sociedad se ocupa de crear, con cirugías públicas y privadas, el tipo de joven que la representa. Por eso en la argentina el colectivo “jóvenes” ya no tiene como última parada la estación porvenir.
Difícil olvidar aquellas claras directrices didácticas de la última dictadura militar que determinaban que tal o cual libro no se leyera en las escuelas, que todo un fondo editorial se incinerara o que autores, editores y lectores fueran desaparecidos. Tal vez después, ningún gobierno “democrático” logró plantear y concretar tan “precisas políticas culturales”.

Por eso hoy sería más apropiado limitarnos a debatir políticas educativas. Porque ¿cómo podemos hablar de cultura nacional si ya ni siquiera enseñanza pública tenemos?
Cuando la escuela de todos emprendió su retirada a comienzos de los años ‘90, preludió la extinción de los lectores.
Hoy un profesor de nuestra escuela secundaria puede utilizar tiempo y espacio, para dictarle a un grupo de jóvenes de no más de 13 años el siguiente texto:
“Diez maneras de amarse: dejemos de gritarnos, dejemos de asustarnos, seamos amables, cariñosos y pacientes con nosotros mismos, aprendamos a ser cariñosos con nosotros mismos, elogiémonos, amarnos significa apoyarnos, amemos nuestros rasgos negativos, cuidemos nuestro cuerpo, trabajemos con el espejo y amémonos ya”.
Este decálogo refleja reiteraciones, y otro tipo de errores que, si realmente existen, no fueron corregidos en la hoja de carpeta del alumno.

Alguien reprogramó un sistema educativo para que otro, al se le paga un sueldo, despache frente a un grupo de adolescentes estos conceptos. Mientras, los chicos pierden los más básicos conocimientos de lengua hablada y escrita y no pueden resolver las operaciones más elementales de la aritmética.

En cualquier empleo del mercado privado, si un empleado, a cambio de su sueldo, reintegra servicios que no sirven a la empresa, lo más probable es que sea sustituido por otro o despedido. Pero en la administración pública no sucede así. ¿Por qué?

Y para darse cuenta, te digo, no hay que ser muy pillo*
Si los jóvenes en la Argentina dejaron de leer, no es de ellos la culpa. Primero fueron los adultos quienes decidieron gozar con otras actividades como, por ejemplo, torturar al prójimo utilizando métodos varios. Se habla de los miles de desaparecidos, pero no se menciona la cantidad de compatriotas que trabajaron en los matarifes y se declama sobre educación vial, pero los automovilistas juegan a cazar peatones.

Argentina siempre fue un lugar de tránsito para la droga, pero mediados de los años 80 comenzó a quedarse más cocaína de la que salía al exterior. El aborto es una mala palabra, cierto, pues anula vidas posibles, pero en todas las clases sociales el porcentaje de adolescentes que contabiliza una, dos y tres intervenciones son víctimas de una estadística pendiente. Y así hasta el infinito. 

Para que los jóvenes vuelvan a leer, deben primero regresar al libro los padres, los educadores y los “gestores culturales”.

Nunca se logró una política nacional del libro pero sí, por el contrario, se pudo distribuir televisión gratis o casi gratis en todo el país. Durante décadas se perdieron fortunas manteniendo canales estatales en Buenos aires y en el interior con plantillas de personal saturadas de ñoquis y con programaciones descaradamente oficialistas, pero, no se invirtió un “argendólar” en desarrollar una editorial nacional que publicara y difundiera libros gratis o de muy bajo costo para todos los argentinos. ¡Salve Eudeba!
Para concluir, coincidimos con Beatriz Sarlo: “No hay futuro si no se distribuye la lectura”, claro del mismo modo que hace algunas décadas nos especializamos en dispensar muerte, alcohol, drogas, noche y boliche.

Fuente:
Fragmento escrito por Carlos Piegari. Primera Edición. Domingo 6 de Octubre de 2002. Subsección Trama. Pág. 8 y 9.


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