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miércoles, 3 de agosto de 2011

390 - La creencia del tesoro escondido

EXCAVAR  SIN ÉXITO

Hoy es un día frío, muy frío, el viento silva con mucha fuerza entre los árboles. El cielo gris despliega una imponente lluvia que resuena en el techo de zinc y las paredes de madera del galpón. Afuera, el barro y la semioscuridad hace imposible el trabajo de la peonada en el yerbal. Así que don Zoilo y sus muchachos están bajo techo donde se ameniza un fuego en el suelo de tierra que permite el agua del mate esté caliente en la pava y anima a los presentes a recordar anécdotas, entre bocados de torta frita calentita.

-¿Ustedes saben de alguien que haya encontrado un entierro?

-Yo sí, don Zoilo... Allá en Caa Yarí mi abuelo contó que un vecino encontró una cajón lleno de oro, pero estaba maldito por qué usté sabe, todo se enfermaron y Mandinga vino y se llevó pal monte al viejo.

-¿Sí? ¿Tu abuelo vio todo eso, Eusebio?

-No pos... Pasa que eso le contó con una ginebrita de por medio, el carnicero del pueblo que era amigo del hermano de ese hombre. Según dicen, la familia moribunda, se mudó del poblado y el buen hombre jamás apareció.

Don Zoilo acomoda sus bigotones mientras observa el crepitar del leño, sorbe el mate amargo y otro peón cuenta una anécdota similar. Al cabo de un rato, la reunión se hace más animada donde se suman historias jamás probadas que se torna un mito en la tierra roja sobre entierros o tesoros escondidos.

Esta quimera llevan a muchos a excavar distintos puntos de sus propiedades bajo el consejo de algún curandero o curandera que se dedican a explotar la fe de aquellos que por diversos motivos o circunstancias viven situaciones extremas.

Sucede que esta zona no es minera mucho menos zona de almacenamiento de metales preciosos, entonces el suceso sería encontrar tesoros de alguien que dejó enterrado. Ya sean los aborígenes, bandoleros, bandeirantes, jesuitas, colonos u otro ser desesperado que no pudo llevar su botín y se vio en la obligación de esconderlo bajo tierra, con la esperanza de regresar algún día y recuperarlo. Hasta se piensa que los mismos españoles dejaron sus botines diseminados por allí. Las historias corren de boca en boca siempre con la famosa muletilla "dice que" o "me contaron" o bien "A don... le pasó tal cosa"... o sea, le sucedió a otro. Por allí algún osado, extrovertido o mentiroso afirma ser testigo de un caso. Claro que a la luz de la verdad no se va a probar a ciencia cierta el hecho, si realmente el afortunado encontró el entierro, donde y a quien pertenecía. Como apareció allí. Si ese tesoro tiene un espectro que lo protege, quien fue en vida o la maldición para quien lo encuentra y se lo lleva  como anularla. Notablemente en el folclore popular la leyenda del "entierro" es una aseveración que muchos intentan corroborar. Inclusive se adorna de misterio, pintorescos eventos sobrenaturales y hasta de milagros  inexplicables.

Como si fuera tierra de piratas el mito sugiere que en tal o en cual lugar hay una olla de oro pero advierte la curandera (infalible personaje que entra en acción en mucho de los casos) que el espíritu del dueño ya muerto ronda la zona. Entonces, para benedecir el lugar y ahuyentar los demonios que son un agregado extra, el solicitante debe poner unos billetes para que la entendida en el tema realice un ritual de curación en el lugar.

Allí comienza el hombre y ese familiar de confianza, a cavar con la ilusión de ser ricos. -"Mientras menos personas sepan, mejor. Además hay que tener cuidado ya que si es un cofre, una vasija u otro objeto cerrado, el gas que encierra adentro es mortal"- avisa el curandera mientras cuenta los billetes y lo guarda en el bolsillo. Lo cierto es que el hombre luego de excavar en el lugar indicado no encontró nada más que osamentas, se rinde ante la posibilidad de que un payé de algún envidioso hizo que no encontrara su botín. Opta por otro lugar (previa consulta y pago oneroso a su guía de confianza) y comienza sin éxito otro pozo. Hasta que desahuciado culpa al "mal de ojo, a la envidia" y al mismo Mandinga de su pésima suerte y abandona la empresa. A todo esto, ya la curandera gastó aquellos billetes y los sucesivos recibidos a cambio de bendiciones, tiradas de carta y otros trucos sobrenaturales que nunca funcionaron. Con una verba iluminada convence al destrozado hombre que una fuerza superior a ella se interpuso en el hallazgo de ese tesoro. Astutamente lo convence a iniciar un tratamiento para quitar ese poderoso payé mientras se propone engatusar a otro incauto para seguir con su negocio de timo y estafa.

Ya en la era de la tecnología, siglo XXI algunas creencias siguen en pie, sugestionando, fascinando y creando un manto de misterio entre los pobladores como el caso del tesoro escondido.

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