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sábado, 2 de julio de 2011

371 - El peligro a la vuelta de la esquina

Reflexión
Actitudes modernas de los padres ante el peligro de las drogas
 
PREDICAR CON EL EJEMPLO
"Entró en el curso con la firme convicción de evaluar el tema desarrollado. La reacción de los alumnos a pesar de saber sobre la evaluación fue de distintos tonos; unos pocos habían estudiado, otros aceptaron no sin antes protestar pero la mayoría se revelaron apesadumbrados, ofuscados e incluso con tintes de violencia. La situación no terminó allí. Al cabo de un tiempo y corregidos los trabajos, vinieron los planteos. Primero, los alumnos solicitaron la anulación, considerando injusta la evaluación del tema. Segundo, ante el revuelo, los directivos se hicieron eco y la Psicopedagoga opinó que se debía volver a evaluar. Luego, vinieron los padres criticando la actitud del docente, planteando que no se respetó el derecho de los alumnos. E inclusive un abogado se presentó en la escuela. El docente, haciendo caso a las autoridades que presionaron ante el cuadro planteado, volvió a evaluar previa explicación de los contenidos y más allá de que solamente seis de treinta habían alcanzado, tuvo que flexibilizar su actitud y regalar la nota, ya que peligraba su labor docente."

Casos como este y similares ocurren a menudo en diferentes escuelas del país. Inclusive, situaciones mucho más graves donde el docente es acusado, siendo el chivo expiatorio de la culpabilidad de los responsables del menor. Y las preguntas son; ¿qué nos pasa a los adultos? ¿Acaso perdimos el rumbo de la responsabilidad? ¿O es más fácil hacer un hijo que criarlo, educarlo? Los interrogantes son muchos... Porque, claro si el hijo del vecino o de otro es violento, se droga, pues "hay que tomar medidas sevaras ya que es una manzana podrida". ¿Y el mío o la mía? ¿Qué hago yo como padre, como madre, como tutor del menor? ¿Y si el mío consume?... Entramos en un terreno de negación "No puedo creer que él se drogue"...En muchas instancias, ignorancia ante la verdad, es decir, hacer que no vemos y ni sabemos. Pero unos pocos casos el pánico nos desborda y salimos a pedir ayuda.

La droga aprovecha cualquier escondrijo y se mete. Los niños y adolescentes que viven una vorágine pos moderna, donde el consumo es el credo de la calle, son presas tan fáciles ya que el cascarón que los protege no es de acero sino de barro.La falta de control en el hogar hace que la tecnología sea un medio de enlace como por ejemplo Internet o el celular.

Las excusas son monedas corriente: -¡Tengo que trabajar! ¡ Responsabilidades que cumplir! ¡Obligaciones que subsanar! ¡¡Ya sos una persona que sabe lo que hace! ¡Te doy todo, trabajo para eso! ¡Si no cumplo con mis obligaciones, me echan y no vas a tener celular, ni ropa, ni salidas! . Y la lista es extensa...

Entonces, el tiempo es la excusa perfecta y la prioridad tanto económica como de status superan márgenes afectivos y obliga a esos chicos ya de bebé, recorrer horas, días, años, solos con migas de afecto, tratando de aprender por sí solos métodos de conductas para sobrevivir, acaso bajo el cuidado de una desconocida sanguínea, familiares que tienen otras obligaciones y de figuras que nada tienen que ver con los que necesita. Los modelos más cercanos son; la tele, la calle, los videojuegos, el amigo que también está en la misma pero que ya es partícipe de un mundo desconocido, inclusive las redes sociales donde inescrupulosos están al acecho.

Los símbolos de ese círculo que él está viviendo se tornan difusos. La familia (porque papá y mamá trabajan, van al gimnasio o tienen otros compromisos sociales, etc.) no tienen fuerzas para servir de guía. Antes, una institución reforzaba el concepto familiar y buenas costumbres. En la actualidad, perdieron vigencia su valor educativo cultural.

Por ejemplo, la iglesia... -¡Nooo! Dicen muchos; -¡qué pueden enseñar los curas, además yo no creo en Dios o algo para el estilo!- argumentan. Y la iglesia que era un modelo de enseñanza perdió esa fuerza y se convirtió para muchos en un símbolo político y de poder... O La policía; -¡Que no toque a mi hijo la "yuta" porque los "escracho" en la tele o en los diarios!... ¡Se acabó el tiempo de los milicos!- exclaman y la excusas siguen. Por último, la escuela; -Los maestros viven de paros... Que trabaje... Él no quiere estudiar... Y se buscan argumentos (que abundan) para justificar. Para colmo en este tiempo donde algunos medios se despedazan por una primicia, un error que pudieran cometer quienes trabajan en la educación; primero acusan, defenestran a la persona con tal de tener un punto de Rating. No importa si se comprueba si el individuo es inocente. Lo que vale es la audiencia. Este torbellino de situaciones más toda esa ensalada de sociedad selvática consumista es la que le damos a nuestros hijos.

Está claro que los niveles de consumo y el individualismo gobiernan las mentes. Los grandes estamos inmersos en nuestro mundo de platita, platita y más platita. Platita para el status, platita para el o la amante, platita para la ropita nuevita, platita para el autito "espectacular", platita para nuevos chiches, platita, más platita... Sin embargo, en otros estratos sociales de la población, hay quienes no tienen para comer, entonces se ven obligados a la lucha por el mágico billete, apelando diversos trucos, donde utilizan a sus hijos como medio de obtención. Y los que ya tienen muchos billetitos de diversos colores (¡y dicen que es poco!), le dan uno de esos papelitos para que se entretengan sus sufridos adolescentes y así seguir con el hobby de coleccionar más (billetes), que dura digamos... ¿hasta la vejez que es irreversible? Allí se acuerdan de que tiene familia y se quejan de sus hijos (a quienes le dieron todo y no devuelven nada) los abandonaron. ¡Cosecharás tu siembra! dice el dicho.

Y la droga está. Los mal nacidos que la venden, también. Si hay pobreza, allí está ofreciendo falsas riquezas. Si hay riqueza , allí está ofrecer la sensación de ser Dios por un momento. Los gustos varían, la cosecha también, el género humano no. La búsqueda del placer y la felicidad siempre ha sido, es y será el único motor del hombre. No importa cómo ni dónde ni cuándo vale tenerlo. Allí la droga tiene su recurso potente; placer y más placer. El evadirse para no pensar, para no ver, para no sufrir; sensaciones y más sensaciones. Allí es donde nos equivocamos como sociedad. Se bombardean constantes estímulos a una mente que está en proceso de crecimiento. Les ofrecemos un mundo con modelos negativos en exceso. Claro que desde esa perspectiva la crítica adulta es contundente. Nacen teorías que nos convierten desde doctores hasta filósofos, como buenos argentinos que somos. Pero, ¿Qué hacemos para evitarlo? ¿En la práctica qué contribuciones aportamos?... ¡Epaaa!... Allí surgen las excusas.

-Eso es asunto de la cana, del gobierno, de las escuelas que enseñan. Alegan algunos que prefieren mirar su bolsillo y pensar qué bebida van a tomar o qué película van a ver. Entonces, la pelotita va de un lado y del otro mientras que los medios periodísticos se empalagan divulgando cuadros de violencia y muerte a la salida de los boliches. Nadie asume responsabilidad. La perversidad está a la orden del día y una vez más, la vorágine de la modernización canaliza conductas que en otros tiempos, horrorizarían hasta al mismo diablo. Y la falta de trabajo, el sacrificio por obtener un premio, el esfuerzo por lograr la meta se va diluyendo en un contexto de consumo masivo. El concepto de responsabilidad, moralidad y buenas costumbres, son asignaturas obsoletas suplantadas por placer, goce, pasarla bien. Vivir ese momento único.

Afortunadamente, hay una luz de esperanza. Aún quedan personas, agrupaciones, instituciones que desean rescatar el concepto de familia, eje troncal de una sociedad. El término familia es muy complejo y requiere participación activa de sus miembros. Y si su valor es rescatado, comenzarán a sanar esas heridas que desangran a una comunidad. Pero no es fácil, porque para tener una familia bien conformada, hay que construirla desde el noviazgo con amor y respeto. Por algo existen desde miles de años, esos pasos previos y esa preparación para un matrimonio. Cuando se olvida el valor de la familia, se forma una sociedad sin principios, aferrada al caos y lo más triste es que se arrastra a los adolescentes a ella. Si se quiere combatir los flagelos que acosan a nuestros hijos, debemos mirarnos el ombligo y ver qué les estamos dando, qué les estamos ofreciendo. No importa si somos millonarios, si no tenemos nada; en este punto, no se trata de un entorno social. Hay que ser luchadores ante la adversidad y no culpar a la suerte de nuestras decisiones, ni tampoco al otro de los errores cometidos, sino más bien hay que ejemplificar a la familia como núcleo central. La esperanza, la fe, los buenos hábitos, la moral, entre otros valores, también nos acercan a la felicidad. Un placer más puro, más hermoso que aquella lograda por la droga, el alcohol u otros caminos malditos que destruyen la mente, el cuerpo y la vida.

Mientras que, no asumamos la responsabilidad como adultos, jamás podremos exigir a nuestros hijos que actúen como tal. Si siempre le echamos la culpa al de a lado, sin hacernos cargo de lo que corresponde los adolescentes que están en proceso de formación y que por naturaleza potencian las conductas y comportamientos, reflejarán en sus actos todo lo que nosotros les ofrecemos con las acciones. Si no comprendemos lo que es una rebeldía (todos vivimos alguna vez este fenómeno) intentemos de acercarnos y comprender el meollo de la situación y el porqué de las cosas. El único medio es el diálogo. Y si queremos mejorar la calidad de nuestros adolescentes, primero debemos mejorar la nuestra para predicar con el ejemplo y no con palabras.

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