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martes, 28 de junio de 2011

368 - Leyenda del Teyú Cuaré

TEYÚ CUARÉ
LUGAR MÁGICO EN SAN IGNACIO

Quienes visitan el cerro del Teyú Cuaré (que en Guaraní significa "Cueva que habitó el lagarto") pueden maravillarse con el verde que rodea el lugar, la magia del río Paraná, la belleza de la selva misionera que se desplega para ofrecernos un lugar exquisito donde acampar y compartir con la naturaleza. A los pies del cerro podemos instalarnos en ese manto verde, ante el murmullo sereno de las aguas del río. Basta con subir las escalinatas o recorrer el lugar para ver un paisaje maravilloso y compartir con la naturaleza que alimentó la inspiración del célebre escritor Horacio Quiroga, uruguayo de nacimiento pero argentino por adopción.

El Teyú Cuaré abarca un espacio de 78 hectáreas, constituyéndose en un parque provincial protegido por sus paisajes, su flora y su fauna. Se extiende desde el arroyo Yabebirí hacia el norte, y desde el Paraná hasta unos 20 Kms. hacia el interior, siguiendo una franja más o menos uniforme. Su origen geológico es diferente al resto del suelo de Misiones, y en cuanto a la vegetación, ésta es una zona de transición entre las selvas mixtas y el distrito de los campos, abarcando además una pequeña porción del ambiente de las selvas marginales del Río Paraná. Este hecho también incide en la presencia de especies faunísticas que pasan de un ambiente a otro buscando el que les resulta más apropiado a sus necesidades biológicas básicas.

Para llegar a él, nos adentramos en caminos de tierra roja que se mezclan con el verde y el cielo azul; basta con visitar San Ignacio Misiones y preguntar a cualquier lugareño por el  Peñón del Teyú Cuaré.



LEYENDA DEL TEYÚ CUARÉ

Bajando por la líquida espesura del Gran Río, frente a los históricos fundos de San Ignacio Miní, el partenón jesuítico, el navegante, al virar el rostro a su izquierda divisa necesariamente los imponentes paredones que, como un alto muro de viejos castillos, emerge entre la vegetación de la costa, brillando al sol. Estamos en Teyú Cuaré (Cueva del Teyú o Iguana), asiento de la vieja leyenda que la imaginación indígena pobló de mitológicos contornos. Allí, la gran cueva que da al Río, enseña su entrada, de difícil acceso desde el río por el corte a pico, con anfractuosidades y riscos de imaginable peligro. Las plantas espinosas como garras se adhieren a la piedra queriendo guardar en el abrazo la tétrica resonancia de la Leyenda.

Cuenta esta que muchos siglos ha, cuando las tribus de indios, señores de estas comarcas, poblaban ambas márgenes del Río, hizo su nido un monstruoso lagarto de terrible aspecto,escamoso cuerpo verdoso con ojos llameantes. Y el espantoso animal asomaba diariamente sus abiertas fauces por el socavón, atisbando el paso de las canoas indias. Y cuando estas pasaban frente a los paredones, el saurio gigante se deslizaba de su refugio a las correntosas aguas, atacando enseguida a los viajeros, a los que devoraba invariablemente. 

Es de imaginar cuánto terror debía producir ese constante peligro, debiendo los indios aguzar las precauciones, para no ser vistos por el dragón comarcano. Hasta que un día, Tupa (Dios), compadecido de la amarga suerte de los pueblos indios, en pleno día envió un terrible rayo que cayó sobre la copa de un inmenso lapacho, el que incendiado por el fuego celeste propagó las llamas a la hojarasca y las vegetaciones aledañas a los paredones. Una inmensa hoguera cubría entonces los contornos, y el Teyú sanguinario, imposibilitado de retroceder desde su cueva, enfurecido, desde la altura del acantilado se arrojó a las aguas del Río, que traspuso nadando rápidamente y cubriendo con el oleaje tremendo las orillas de ambas costas. Y es fama que al llegar a la otra margen, el monstruo, arrastrando su larga y serrada cola, dejó como estela un arroyuelo, que aún puede verse en costa paraguaya.

Desde entonces el gran Teyú desapareció para siempre, y los indios pudieron volver a su tranquila navegación por el vasto estuario que allí forman las aguas. Tal la Leyenda, que tiene algunos notables contactos con otras de origen anglosajón y relatos galos. Hoy, los paredones siguen imponiéndose al viajero con su monumentalidad de siglos. No lejos de allí, un magnífico creador de las letras de América, Horacio Quiroga, en su casa solariega, dejó en el ámbito de ese sitio de fábula, el halo prodigioso de su propia leyenda.

Versión de Lucas Braulio Areco
En "Mitos y Leyendas. Un viaje por la región guaraní"

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