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viernes, 11 de febrero de 2011

299 - Garabí, agua estruendosa. Cuento literario

Garabí, agua estruendosa


La picada se perdía en el horizonte. A los costados, guayabas, pitangas, las mandarinas y las naranjas dejaban sus huellas cual reguero de agua donde multicolores avecillas trinaban alimentándose y adornando el camino. Me bajé de la bicicleta y sorteando unos tacurús me metí por un caminito cuesta abajo percibiendo el fresco aroma a monte. A unos metros, una víbora cascabel hizo sonar su campanilla y eso me puso en alerta.

Até mi bici por el tronco de una planta de guayuvira, luego con el machete en una mano y mi cañita de pescar en otra, fui rumbo al arroyo. La siesta misionera se detenía en el tiempo, aplacado por el verde de su entorno y el calor del sol. Me senté a orillas del arroyo tranquilo. Sorbí un trago de agua fresca de una vertiente incolora y tiré mi lineada al agua. Me recosté por un viejo pindó entre los helechos y el pasto a la espera de que algún bagre se convierta en mi merienda dominical y entrecerré mis ojos contemplando las plantas de chircas y escobaduras al otro margen.

De pronto, un sonido me alertó. Un poderoso estruendo se volvió a oír y el arroyo que estaba a unos metros ahora me estaba mojando los pies. Miré el color del agua y ya no pude divisar ese cristalino espejo. Ahora era de un color marrón agresivo, voraz. Instintivamente saqué mi lineada del agua y me retiré de ese lugar, asombrado como las mansas aguas se iban convirtiendo en un torrente de ramas y troncos.

Un terrible cosquilleo me recorrió todo el cuerpo cuando observé que, a lo lejos muchos animales huían despavoridos. Miré al cielo y su color profundo celeste aplomaba sin piedad. No era tormenta o una inundación de copiosas lluvias lo que se avecinaba. Comencé a volver sobre mis pasos, cuando un desesperado yaguareté saltó a unos metros donde estaba. Se podía sentir su aroma, se podía contemplar sus fauces sin embargo, ni siquiera me prestó atención y siguió su camino. Ese frío sudor por mis espaldas en fracción de segundos, frente a la posibilidad de la muerte, continuaba porque otro estruendo se oyó hacia donde me dirigía. No dudé un instante, en dirección contraria comencé a correr sin embargo, no pude ir lejos. Mis pies comenzaban a sentir el agua y una ola gigante a mis espaldas comenzaba a arrasar con todo. Mi bicicleta, las plantas de cítricos, un torbellino de árboles arrancados, animales muertos y agua marrón. En esa vorágine me hundí sin piedad. Desesperado, con las ansias de vivir, me aferré a un tronco de güatambú que flotaba. Asomé mi cabeza afuera del agua y aspiré aire profundamente hasta que mis pulmones explotaron. Ya había calma. El olor al agua estancada me quemó la nariz. Entonces, allí pude observar como un gigantesco lago se había apoderado de la zona. Nada había sobrevivido. Ese arroyito, afluente del Río Uruguay había desaparecido. Todo ese paisaje mágico, esa selva quedó debajo del agua estancada.

El hermano yaguareté yacía muerto cerca de un oso hormiguero. Enormes tatús, un centenar de víboras, incontables árboles, troncos podridos y tanta vegetación destrozada, flotaban en el lugar. No podía ver la costa. Solo una nube de mosquitos me hacía sombra mientras, desesperado trataba de mantenerme a flote. Escuché el bramido insondable del agua de una represa y a los pocos minutos, una lancha se acercó a mí. Unos tipos de mal humor me sacaron del agua y comenzaron a preguntarme:
-¡Che, arriero, que hacés acá en Garabí!...
-¡Garabí... Garabí... Garabí...
En ese instante abrí los ojos y el arroyo aún estaba allí, sereno. Quité mi lineada, junté mi machete y me volví por donde vine, pero alarmado por una palabra… Garabí. Entonces, una pregunta que aun hoy retumba en mi cabeza me vino a la mente; ¿será la solución al problema energético de la región?...
Autor: Ramón L.

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Betty Acosta dijo...

Muy interesante lectura Ramón, es lindo leer algo e irse adentrando en lo que se narra, imaginando cada parte y cosa descrita. Todo un placer, gracias por compartirlo!

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